Videojuegos, deporte, racismo y doble rasero
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Escrito por Daniel J
1 de junio de 2010

Deporte y videojuegos

La comparación entre videojuegos y deporte es algo inevitable: no sólo comparten el concepto fundamental de juego, sino que además muestran otro tipo de similitudes. El fenómeno de los “fanboys” por ejemplo, se parece bastante al de ciertos aficionados al deporte. Muchas veces nos hemos preguntado por qué alguien está tan dispuesto a defender a una compañía, sea ésta Sony, Nintendo o Microsoft, cuya misión es principalmente hacerse con nuestro dinero, sin recibir nada a cambio. Quizá sean los buenos momentos que esta empresa, o mejor dicho, su plataforma, le hicieron pasar mediante su afición favorita, pero a veces no se distingue mucho de aquellos aficionados que defienden a su club hasta la muerte aun a sabiendas de que no es el mejor del mundo, y a pesar de que muchas veces ni siquiera es el equipo de su ciudad.

Tanto deporte como videojuegos despiertan pasiones: algunos videojugadores esperaron en cola durante varios días para conseguir una Playstation 3, del mismo modo que muchos aficionados han hecho algo similar para ver un partido entre el Real Madrid y el Barcelona. También en ambos casos, hubo quienes aprovecharon la oportunidad para revender la consola o las entradas a un precio desorbitado.

A unos se les llama “grandes aficionados”, e incluso en ocasiones se representan sus sacrificios como algo casi heroico. Los otros son tachados de “frikis con mucho tiempo libre”. ¿Adivinan quién es quién?

Este ensayo, señalo de antemano, no va a ser un artículo anti-deporte, aunque lo parezca. Lo que voy a tratar es la distinta percepción social que existe ante fenómenos muy parecidos y preguntarnos por qué ciertas actitudes en el deporte adquieren una permisividad social que en el mundo de los videojuegos no se toleraría por parte de los medios de comunicación y otras organizaciones preocupadas por la moral de la sociedad. Es decir, por qué se aplica un doble rasero.

El deporte es glorificado por todas las naciones e ideologías políticas: es divertido, bueno para la salud, libera estrés y en ocasiones incluso nos ayuda a colaborar con los demás como un equipo. El deporte trasciende razas, lenguas y culturas: niños blancos pueden idolatrar a una estrella negra del baloncesto, y dentro del mismo equipo de fútbol podemos encontrar compañerismo entre jugadores de los más diversos orígenes.

Por desgracia, no siempre es así. El deporte ha sido escenario de numerosos actos de violencia y racismo. En el fútbol no son raras los de reyertas entre jugadores, insultos y agresiones a los árbitros (especialmente en las divisiones inferiores) e incluso asesinatos entre los seguidores. Los medios de comunicación, sin embargo, siempre se apresuran a señalar que se trata de un pequeño grupo de desalmados que no representa a la afición. Así también lo creo yo, pero si no generalizamos sobre un colectivo por el comportamiento de unos pocos, imagino que deberíamos hacer lo mismo en todos los casos.

No olvidemos tampoco el uso que se le ha dado al deporte por parte de países totalitarios, tanto para promover sus ideas políticas como para utilizarlo a modo de opio para el pueblo. Cito un fragmento de la reseña del libro Sport y autoritarismos: la utilización del deporte por el comunismo y el fascismo:

Sport y autoritarismos nos lleva a esos años que separan la Primera de la Segunda Guerra Mundial, una época en la que los gobiernos comenzaron a interesarse por el deporte espectáculo y el «sport» acabó convirtiéndose en lo que hoy conocemos como deporte. A partir de este momento el deporte se utilizará como elemento de prestigio entre las naciones, como instrumento de propaganda y como índice de la vitalidad de los países.

¿Tendrá esto algo que ver con el medallero que se menciona con frecuencia durante las olimpiadas?

Por último, y no menos importante, está el problema del racismo, que es el punto en el que quiero centrar este artículo. Resulta paradójico observar que, siendo el deporte un campo ideal para la solidaridad y la tolerancia entre las distintas razas y culturas, suele ser escenario de actitudes racistas de todo tipo. Veamos algunos ejemplos, todos dentro de nuestra “tolerante” España:

Colombiano en el punto de mira

Cuando el mediocampista Freddy Rincón llegó al Real Madrid en 1995, pensó que cumplía el deseo de todo jugador. Sin embargo, la crisis de resultados, un vestuario inmanejable, pero sobre todo los insultos racistas conspiraron contra ese deseo. La barra Ultras Sur, conformada por cabezas rapadas, llenaron las paredes exteriores del estadio Santiago Bernabeu con la frase “fuera negro de mierda”. Palabras intimidantes que aceleraron la salida del colombiano de equipo madrileño.

Chilavert también padeció

José Luis Chilavert tiene fama de guapo. Parece un tipo rudo sin temor a nada. Pero también sintió la discriminación de algunos aficionados del Zaragoza, equipo en el que jugó a finales de los ochentas. El portero recuerda cada vez que puede, que le gritaban “sudaca” de manera despectiva cuando saltaba a la cancha.

Thierry Henry tiene un enemigo público

El delantero francés campeón del mundo en 1998 suele ser un ejemplo para su país. Festejó dos títulos con Arsenal, su goles lo cotizaron en oro en la liga de Inglaterra, logros que los demás delanteros pueden tener en cuenta para su carrera. El técnico de la selección española Luis Aragonés también puso como ejemplo a Henry para motivar a uno de sus jugadores. Sólo que no de la mejor manera. “Tú eres mejor que ese negro de mierda del Arsenal”, le dijo a José Antonio Reyes, atacante del conjunto ibérico.  La particular motivación le costó al DT 3.000 euros de multa y el rechazo de buena parte de los ingleses que se ofendieron por esa frase de maltrato al delantero.

El francés Patrick Vieira también fue insultado

El volante del Inter de Milan también fue víctima de malos tratos en España. En 2001, cuando enfrentaba con su club, Arsenal, al Valencia español en Mestalla, tuvo que soportar gritos racistas durante los 90 minutos de juego. Gran parte de los hinchas españoles que llenaban el reciento deportivo, se despachó contra el francés por el color de su piel. Frases como “negro de mierda” se escucharon desde las tribunas.

Samuel Eto’o sufrió en La Romareda

El delantero camerunés de Barcelona se cansó de los comentarios racistas y se quiso ir del terreno de juego. En un partido por la Liga en el que los catalanes visitaban al Zaragoza en La Romareda, el jugador africano que se caracteriza por sus explosivas reacciones en momentos de tensión, dijo: “No juego más” e intentó retirarse de la cancha. ¿La razón? Las frases ofensivas referentes al color de sus piel. Los hinchas españoles hacían como monos y le gritaban insultos racistas. Sin embargo, el árbitro y el técnico lo convencieron de volver al césped. Poco tiempo después, el jugador se sacó la espinita e hizo mofa de los insultos que sufrió en aquella ocasión. Tras marcar el cuarto tanto de su equipo, decidió celebrar el gol imitando a un gorila para burlarse de aquellos que lo agredieron en ese estadio.

No olvidemos tampoco los insultos racistas que sufrió el piloto Lewis Hamilton, ni por supuesto la “simpática” foto que se hicieron los equipos olímpicos de baloncesto para mostrar “afecto” a la anfitriona China.

¿En qué estabais pensando?

En el tenis, como sabemos, también se sumaron a este “afectuoso” gesto.

Sobre esto se han escrito ríos de tinta y no voy a decir nada más. Si alguien me lo pide en los comentarios, explicaré por qué lo veo como un gesto racista aunque en China no hayan tomado ofensa.

Me sorprende también la forma en la que aficionados, periodistas e incluso académicos han minimizado el racismo en el deporte español de una forma que sería intolerable en otros ámbitos. Veamos algunos de estos argumentos:

Refiriéndose a los insultos de “negro de mierda” recibidos por el británico Hamilton:

“Se trata de ofender, de herir al otro. No hay racismo de fondo asociado”, explica el veterano investigador y sociólogo Juan Díez Nicolás.

¿Entonces “negro de mierda” no significa “negro de mierda”? Lo importante no es “el fondo asociado” sino lo que Hamilton ha oído de nuestros labios y cómo le ha hecho sentir, creo yo. Pero esperen, que sobre este insulto hay más:

En España, ciertamente, se ve de otro modo. “Eso no es despreciar a alguien por su raza”, asegura una de las psicólogas consultadas, y es el diagnóstico de buena parte de los agentes sociales implicados. En este caso (dicen) el exabrupto [negro de mierda] significaba: “Es el rival de Fernando Alonso y fue malo y desleal con él la temporada pasada cuando compartieron equipo”.

O mejor aún:

Era día de disfraces y eso “los ingleses no lo entienden”.

Una explicación con más sentido, pero que no justifica este comportamiento, fue la siguiente:

La tesis más repetida en España es que la adrenalina asociada al anonimato entre la masa que asiste a los grandes eventos deportivos, impulsa a estos excesos. Una observación repetida por sociólogos, como el propio Díez Nicolás, y algunos psicólogos.

Lo anteriormente mencionado creo que también se puede aplicar a muchos foros y blogs de internet.

“España no es racista, así lo avalan todos los estudios”, dice el sociólogo Díaz Nicolás. Es otro asunto. Es “falta de imaginación y gamberrismo. Está mal. Claro está, pero no hay que confundir los términos”. “Es como si llamaran gordo o enano a alguien”, sostiene este académico.

Pero esta afirmación contrasta con los siguientes datos:

Los medios especializados en deportes no fueron tan teóricos cuando el escándalo afectó a Aragonés: “Son cosas de Luis, sus cosas”. “Se les pitaba por ingleses”, insistían en referencia al encuentro contra la selección inglesa en el que el público ofendió sistemáticamente al negro Wright Phillips con aullidos simiescos.

Una permisividad y afán en encontrar dobles lecturas que se traduce en que ayer mismo las páginas de Internet de algún periódico deportivo muy popular albergaban comentarios de sus lectores explícitamente racistas. Y en el célebre portal de vídeos YouTube estaban colgados cuatro vídeos de Lewis Hamilton asociados al epígrafe “negro de mierda”. Todo sin provocar ninguna reacción particular. Casi con indiferencia.

Y para no repetirme, terminaré con esta sorprendente y clasista explicación sobre el incidente Hamilton:

Pero los clubes españoles de coches están tranquilos. Creen que el verdadero aficionado no está representado “por esos impresentables” y esgrimen un curioso argumento de índole económica: “En las carreras la entrada vale 90 euros y no asisten esa clase de chavales. Aquellas prácticas de McLaren costaban sólo seis euros y entró todo tipo de gente”.

De modo que sólo los pobres son racistas. Los empresarios que emplean ilegalmente a inmigrantes y los ponen a trabajar por un salario de manutención son simplemente capitalistas ¿verdad?

Estoy de acuerdo en que británicos y estadounidenses no tienen autoridad moral para tachar a los españoles de racistas, pero que sean, o hayan sido históricamente más racistas no quita que nosotros no lo seamos. Tengo que señalar esto porque los foros y blogs de internet han reaccionado ante estas acusaciones con un infantil “pues tú más” que no habla muy bien de nuestro país. Pero lo voy a dejar aquí porque me estoy desviando del tema. Lo que quiero señalar es la permisividad con la que el racismo se tolera y minimiza cuando hablamos de deporte.

Para terminar, voy redactar un ensayo ficticio, basado en un mundo donde organizaciones como Amnistía Internacional España o los autores de La Diferencia Sexual en el Análisis de los Videojuegos la hubieran tomado con el deporte. Noten que, al igual que dichos estudios, mezclaré algunas afirmaciones que podrían ser ciertas y tienen sentido con mentiras, disparates mayúsculos e interpretaciones increíblemente maliciosas, tal y como hicieron ellos. Ustedes decidan cual pertenece a qué categoría:

El deporte es una actividad vista y practicada por niños de todas las edades. Sus padres piensan que se trata sólo de un sano entretenimiento que además ayuda a mejorar la forma física, pero nuestra investigación demuestra que esa forma de pensar es simplista y que los deportes, especialmente los más populares como el fútbol o el baloncesto, no son tan inocentes como pudiera pensarse, y de hecho promueven contravalores que se encuentran en directa oposición con los derechos humanos.

El sexismo

El deporte ha sido históricamente cosa de hombres. En la mayoría de los casos, la fuerza física es lo importante. En deportes como el fútbol algunos jugadores se defienden diciendo que es más importante la técnica y que también es fundamental la estrategia del entrenador. Si eso fuera cierto ¿por qué los equipos de fútbol femeninos poseen una audiencia mucho menor? ¿o por qué no existen equipos mixtos? No nos engañemos, la fuerza física es vital para estos deportes, ya que fueron diseñados por hombres y para hombres. Es más, el hecho de que en la mayoría de los deportes las mujeres tengan que mostrar sus habilidades en una competición paralela (y muchas veces considerada inferior socialmente) habla sobre la jerarquización de género de los individuos y la separación de sexos. No hay convivencia sino segregación, dañando la autoestima de las niñas, que pronto aprenden que nunca podrán competir con un hombre por el mero hecho de pertenecer a otro sexo. Se trata de uno de los últimos refugios en los que el varón puede “poner a las mujeres en su lugar” ante una sociedad donde se impone cada vez más la igualdad. Un “Apartheid sexual” basado en el deporte, si se prefiere.

A esto hay que sumarle que, curiosamente, los deportes femeninos de más éxito son aquellos en los que las mujeres aparecen de forma “sexy”. Es el caso del tenis, donde muchos varones comentan el físico de las tenistas (por ejemplo Anna Kournikova) o el voley playa, en el que mujeres de cuerpos esculturales juegan un sensual encuentro en bikini. Desde pequeños, se mentaliza a niños y niñas qué deportes son apropiados según su sexo, so pena de que las niñas se “masculinicen” o viceversa.

Competitividad, capitalismo y racismo

En una sociedad capitalista como la nuestra, es normal que se instigue la competitividad entre los individuos para hacerlos más productivos. En el deporte no hay “tú y yo”. Es “tú o yo”. Se trata de ganar, y nada más. No hay miramientos, ni compasión por los sentimientos del perdedor, reflejando una sociedad en la que sólo se valora al más fuerte, al triunfador. Si controlan los partidos de fútbol que ven sus hijos, observarán que hay muchos jugadores que intentan engañar al árbitro, o que realizan “faltas tácticas” (sacudir a otro para ganar tiempo) y todo tipo de juego sucio con tal de conseguir la victoria. La agresividad producida por este tipo de competición es innegable, y de hecho un estudio de la Universidad de Colorado señala que quienes disfrutan del deporte suelen ser más favorables a apoyar la resolución de conflictos internacionales por vía militar antes que de forma diplomática, porque en el deporte se aprende que sólo hay vencedores y vencidos, sin compromiso.

El problema es mayor, sin embargo, cuando se trata de competiciones internacionales. Los llamados “Juegos Olímpicos” no son más que una guerra global encubierta en la que la fuerza física, y a veces la destreza (pero rara vez la inteligencia) determinan el estatus de cada nación. Esto desemboca en una percepción racista de la realidad donde lo que importa no es quien ha descubierto un avance científico del que se pueda beneficiar toda la humanidad. No. La valía de las naciones se juzga de una forma primitiva y conforme a la imperante “cultura macho”: quién corre más rápido, quién salta más alto, y otro tipo de proezas físicas donde el intelecto y la empatía con el otro poco importa. Así se forman estereotipos de que los negros corren más rápido, los blancos son mejores nadadores y los asiáticos son más hábiles en artes marciales, así como muchos otros prejuicios que nos dañan a todos.

Dinero, drogas y nuestros hijos

En competiciones como el Tour de Francia, el uso de drogas ha saltado numerosas veces a las páginas de los periódicos nacionales, pero los padres no dan importancia a cómo los niños interpretan el mensaje. Al contrario de los valores que se intentan instigar en la escuela y la familia, el deporte les da a entender que los ganadores pueden recurrir a las drogas si es necesario. Lo ven como algo normal y no se escandalizan cuando ven casos reales de drogadictos. ”Si mis héroes deportivos lo han hecho y ahora cobran millones, no tiene por qué ser tan malo” respondió Pablito, uno de los encuestados en este estudio, para nuestra sorpresa.

Pero no se trata sólo de las drogas. Los niños que idolatran a estrellas deportivas a menudo quieren seguir su estilo de vida, y en la mayoría de los casos estos “héroes” se comportan como ”playboys” que viven en un constante lujo y que han llegado a un éxito rápido y fácil basado únicamente en su poderío físico y quizá cierta habilidad. Esto ha llevado, como sabemos, a que numerosos niños abandonaran sus estudios para intentar convertirse en rápidos millonarios mediante un “talento” que no tiene nada que ver con la inteligencia y el respeto sino con aptitudes físicas que requieren considerablemente menos esfuerzo. Y mientras nuestros niños caen víctimas del fracaso escolar buscando el éxito fácil, la industria del deporte hace cada vez más rica. Puede no parecerlo, pero el deporte mueve actualmente tanto dinero como el cine o la música: cuotas de socio, entradas para los partidos, pago para verlos en televisión, camisetas, balones, bufandas y todo de productos hacen de este sector uno de los más lucrativos a nivel mundial. Y la mayoría de sus productos tienen un objetivo: nuestros hijos.

Y ahora voy a cambiar unas pocas palabras -básicamente las referencias a los videojuegos por referencias deportivas- de los últimos párrafos del artículo videojuegos y sexismo, para que vean cómo podría hacerse una conclusión similar. Las palabras que he cambiado irán en negrita:

Por eso creemos que todas y todos somos responsables. La sociedad adulta (multinacionales que los retransmiten, autoridades administrativas y gobiernos que los autorizan, medios de comunicación que ganan ingentes cantidades de dinero con su publicidad, organizaciones educativas y sociales que han de enseñar mecanismos de defensa y crítica frente a ellos, investigadores y empresas editoriales y multimedia que no invierten en crear otros juegos alternativos más creativos, familias que invierten dinero en su compra, etc.) es cómplice de la “cultura macho” que estos deportes ayudan a generar, potenciar y sostener. Francisco Javier Fernández, responsable de Amnistía Internacional en Asturias: “no es solamente un problema de la gente joven, sino que es un problema en general de la sociedad. Los valores comerciales o de lucro se ponen por encima de los derechos humanos, de la paz o de la justicia”.

El mercado se ha convertido en el gran regulador del consumo en función de la oferta y la demanda. Es el sujeto individual quien ha de decidir qué es bueno y qué es malo. Se ha pasado de una regulación social a la “libertad de mercado”. Se están hurtando a la discusión pública y política muchos problemas estructurales y sociales actualmente. Y este es uno de ellos. Se tratan de remitir a la decisión individual, a la libertad de elección del consumidor o de la consumidora. Como si de ellas y ellos dependiera el apagar el televisor o dejar de practicar deporte. Mientras que lo que se oculta al debate social es qué valores son los que tienen que promover esos deportes.

Esto significa que la socialización esta siendo dirigida esencialmente por el mercado. Y se tiende a responsabilizar a las familias de las salvajes condiciones que impone el dios contemporáneo: el mercado global. Es el sujeto quien tiene que combatir contra él. Porque el mercado se autorregula. Es la divinidad de la libertad de mercado la que se nos impone y nos culpabiliza. Es la perversión que convierte a las víctimas en culpables, y les hace sentirse como tales. El deporte tiene que estar al servicio de la comunidad, al servicio de la sociedad no al servicio del rendimiento económico. La responsabilidad está antes del mercado, antes de que esos partidos lleguen al televisor. ¿Y si hacemos otros deportes conforme a los derechos humanos y a los principios y valores que defendemos, al menos teóricamente? ¿Y si ponemos el mercado al servicio de los seres humanos?

Con argumentos similares, se pidió al gobierno legislar los videojuegos. ¿A que es fácil hacer críticas maliciosas y demagogia barata con lenguaje pseudo-académico?

En este artículo la cuestión no es si el deporte o los videojuegos son buenos, malos, sexistas, racistas o si contienen un poco de todo, porque ya he hablado de sobra acerca de estos temas en otras entradas. La cuestión es: si el deporte no está ni mucho menos libre de pecado según los mismos parámetros ¿por qué existe un doble rasero de tal calibre? Como pueden imaginar, tengo mis propias respuestas, pero me gustaría saber que opinan ustedes.

Web del autor: Videojuegos y Sociedad

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Un comentario

Hola. Pienso que el problema es que el deporte lleva 4000 años entre nosotros y se ha fundido con la sociedad; pero el entretenimiento electrónico es excesivamente joven para eso. Hablando con jóvenes de otros paises hallas frases como “Mi madre todavía juega cuando tiene un rato a su Atari 2600″. Eso aquí en España está empezando a pasar poco a poco y, esperemos, alcanzar un status social que nos saque por lo menos de la denostación.
No quisiera acabar este tocho sin señalar que, si bien no somos considerados iguales que otros entretenimientos, otros deportes sufren (o han sufrido) lo mismo. La petanca es de viejos, el golf es de ricos, la equitación es de más ricos…
Y para el que no se acuerde, hubo una época en este santo pais que la F1 no tenía ninguna publicidad y éramos cuatro gatos los que la veíamos; y cuando le decias a alguien que veias la F1 te decian “Uff, yo he visto 10 minutos y es super aburrido, quita quita…” – Los mismos que hoy discuten sobre conductos F, damping de amortiguadores y carga aerodinámica como si ellos diseñaran los coches.

El ser humano es extraordinario.
Un saludo a todos

7 de junio de 2010 a las 19:20
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